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Mi Pequeño Luchador y Su Mensaje

Soy un amante de las aves y he tenido muchas aves como mascotas con el pasar del tiempo, volando libremente por la casa. Pero los estorninos están en mi lista de odio; vienen en grandes grupos, como una banda de rufianes, atacan mi huerto de frutas y, en pocos minutos, destruyen el resultado de mi arduo trabajo y dejan tras de sí una escena devastadora. Se comen y acaban con mis cerezas negras, mis preciadas moras blancas y negras y mis higos.

Paso la mayor parte del verano corriendo del solárium hacia el jardín para ahuyentarlos. El reciente sonido de su chirrido generó una sensación de urgencia de ir al jardín para disuadirlos de andar por el jardín.

Irritado, me encontré aplaudiendo fuerte y tirando agua al gran cerezo, pensando que estaban allí, aunque no podía verlos. El chirrido continuó y me sentí impotente para defender los frutos de mi jardín. El chirrido continuó durante un par de días y todavía podía escuchar sus voces fuertes, pero no podía encontrarlos. Al tercer día, temprano en la mañana, escuché muy cerca de mí el sonido de un movimiento en la pared del baño.

 

Mi casa fue construida hace 110 años y tiene muchos lugares donde diferentes criaturas pueden escabullirse para visitar. He aceptado que debo convivir con ellas, aunque eso me haga infeliz. Escuché con atención y me di cuenta de que el sonido estaba detrás de la pared y que la criatura no podía ir a ninguna parte. Pensé que no podía ser una rata ya que huyen rápido cuando escuchan un sonido y yo estaba haciendo ruido que podría asustarlas. Mis esfuerzos sonoros fueron inútiles, y el ruido de la pared sonaba como el de un pájaro batiendo sus alas.

Después de pensarlo un poco, llegué a la conclusión de que podría ser un pájaro que se había caído; es decir, que había un nido en el ático. Sabía que debía ser el molesto estornino que anidaba allí y los bebés que me torturaban con sus llantos y estaban listos para destruir más de mi fruta. Entonces, enfurecido, tomé una linterna y me dirigí al oscuro y estrecho ático, donde podía escuchar los chirridos. Allí estaba él, un ruidoso pedazo de carne con los ojos cerrados y el pico abierto, haciendo una escena como si yo lo hubiera golpeado. Lo levanté y trató de morderme, queriendo escaparse. Yo estaba enojado y confundido. Mi enemigo, en mi casa, a mi merced y se osaba a luchar contra mi. ¿Cómo se atreve? ¿Qué se cree esta cosita que es? Estaba alejado de cualquier nido. Con un poco de disgusto puse al bebé llorón en el suelo, pensando que los padres se ocuparían de él. Luego me di cuenta de que fue un error, por alguna razón, no aparecieron los padres y quedaron dos polluelos hambrientos y fuera del nido. El polluelo silencioso encontró un agujero entre dos perfiles de madera que estaban a unos centímetros de distancia y terminó detrás de la pared. Como estaba callado y no emitía ningún sonido, supuse que había muerto poco después de caer.

En una visita posterior encontré el nido, que estaba sobre una plataforma a medio metro del suelo. El nido no era profundo, y cualquier movimiento de los polluelos los habría hecho caer y eso fue exactamente lo que pasó.

 

Me sentí terrible por la muerte de aquel polluelo y pensé en hacer algo por su hermano, y aún con mi aversión por los estorninos, decidí cuidar de él, recordando estas palabras de Abdu’l-Bahá:

“No sólo a sus semejantes del género humano deben los amados de Dios tratar con misericordia y compasión, sino que deben demostrar la mayor bondad hacia toda criatura viviente.” Abdu’l-Bahá

 

Entonces subí al ático, lo busqué y aunque podía oírlo no podía verlo. Fue entonces cuando descubrí el nido mal construido.

Lo busqué por todas partes, pero estaba bajo el aislamiento del piso del ático y no podía localizarlo. Me di por vencido y regresé, pero podía oírlo, lo que me hizo sentir abatido ya que no podía ayudarlo. Sentí que me pedía ayuda y, como sus padres lo habían abandonado, yo era su único salvador.

Subí el sonido al televisor para no poder escuchar sus gritos. Estaba lleno de energía y lloraba fuerte y sin descanso. Me arrancaba el corazón. No sabía qué hacer excepto repetir diciendo: “Lo siento mucho, no puedo ayudarte” o “No es culpa mía que tus padres construyeran un mal nido”. Hablaba con él para aliviar mi conciencia.

Sabía que había una lección para mí en esto, pero no sabía qué tipo de lección. Quizás nació para enseñarme una lección sobre el amor y el valor de la vida.

Incluso salía de casa durante horas para no oírlo. Pero en el momento en que entraba, podía escuchar sus continuos grititos pidiendo ayuda. Me encontraba en un infierno emocional, y conocía el final. Pero el final no llegó lo suficientemente pronto para él o para mí. Oía sus aleteos ahora; él también estaba en el suelo detrás de la pared.

Mi miseria no conocía límites ya que ahora entendía claramente el final agonizante de mi huésped no deseado, a quien ahora cuidaba profundamente, deseaba y oraba por su supervivencia, la cual era imposible porque se había caído detrás de la pared detrás de mi bañera.

Lo llamé el “Pequeño Luchador”, quien no se rendiría fácilmente y luchaba por su vida. No puedo describir el cambio en mi sentimiento de indiferencia cuando lo sostenía en mi mano, rezando para que los llantos cesen.

Misericordiosamente, los llantos cesaron al día siguiente y, mientras reflexionaba sobre este triste acontecimiento y trataba de encontrarle una lección, me di cuenta de que el pajarito me enseñó que el regalo de la vida es precioso y que vale la pena luchar por él. Me enseñó a no odiar a los estorninos que destrozaron mi fruto. Ellos, como yo, quieren vivir y necesitan comer, y como no pueden comprar comida en la tienda, la comen de mi huerto. Aprendí que todavía puedo amar incluso a aquellas personas y criaturas que percibo como enemigas.

Le agradezco a mi Pequeño Luchador por mostrarme que todavía estoy emocionalmente vivo y capaz de amar y cambiar mi actitud. En tu corta vida de unos pocos días, desencadenaste emociones que no sabía que tenía. Me recordaste que siguiera este consejo:

“No sólo a sus semejantes del género humano deben los amados de Dios tratar con misericordia y compasión, sino que deben demostrar la mayor bondad hacia toda criatura viviente.” Abdu’l-Bahá